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Mario pelotero

El hombre se  acercó  al  podio,  tomó la palabra y se dirigió al auditorio.

-La perfección,  como una cualidad natural de las cosas creadas por los poderes aun desconocidos, siempre  es una  interrogante en mis pensamientos.  ¿Dónde está  la perfección en mi hijo?   Mi niño no esta capacitado para  entender cosas que otros entienden.  Mi niño no puede recordar hechos y figuras que otros guardan en su memoria. Es un niño que ha tratado siempre de encontrar su verdadero objetivo de vivir, sin  hallarlo.

La audiencia quedó atónita ante esta  andanada  preguntas.

-Yo creo -continuó- que cuando Dios permite que al mundo vengan niños así, la perfección radica en la forma  de cómo los demás reaccionamos ante ellos.

Hizo un recorrido con su mirada hacia los presentes  y buscó la profundidad que suponía,  debían poseer . Entonces  comenzó a contar:

-“Durante un paseo, ya tarde, en que los dos caminábamos por un parque donde un grupo de niños estaba jugando béisbol. Nos detuvimos bajo la sombra de un árbol,  al lado de las gradas. Mi hijo  preguntó

-¿Crees que me dejarán jugar?  Era una pregunta que me hacía siempre  que le gustaba entrar al colectivo de los otros niños.

Yo sabía que mi hijo  no era  un atleta y que los demás niños no lo querrían en el equipo, pero entendí que le llamara la atención participar en el juego porque  él estaba seguro de ser como  los demás.

Dos veces  pensé la situación hasta  decidirme a    llamar al niño que  parecía líder del grupo; le pregunté  si Mario podía jugar con ellos.  Él chicuelo miró a sus compañeros de equipo y al no obtener ninguna respuesta, tomó la decisión de un verdadero manager:

-Estamos perdiendo por seis carreras y el juego está en el octavo ining. – se arregló la gorra,  puso su mano izquierda en la cadera y continuó- No veo inconveniente creo que puede estar en el equipo y trataremos de ponerlo al bate en el noveno ining.

-Aquella respuesta  me dejó boquiabierto, absolutamente sorprendido, y Mario tuvo un gesto  que le transformó el  rostro. 

-Al menos  lo ponen en una base, así dejará de jugar en corto tiempo, justo al final del octavo- les dije. 

Pero los niños siguieron  la dinámica del partido.  El juego se estaba poniendo bueno, el equipo de Mario anotó de nuevo y ahora estaba con dos out y las bases llenas.  El mejor jugador iba corriendo en posición anotadora, y Mario estaba preparado para batear.

“¿Dejaría el equipo que Mario fuera al bate, arriesgando la oportunidad de ganar?”

Sorpresivamente, Mario estaba al bate.  Todos pensaron que ese era el fin, pues ni siquiera sabía  la manera de tomar aquel instrumento.  De cualquier forma ya   estaba  parado en el plato y con disposición de hacer lo que tenia que hacer.

El pitcher se movió  para lanzar la pelota suavemente, de forma que al menos pudiera hacer contacto con ella.  Mario falló.  Entonces  uno de sus compañeros de equipo se acercó  y le ayudó a sostener el bate en una posición de fuerza. 

El pitcher dio  dos pasos y  volvió a lanzar suave.  Mario y su compañero le dieron a la pelota, que regresó inmediatamente a manos del  pitcher.  Éste podía tirar   y sacarlo del juego.  Lanzó la bola lo más lejos de  primera base que pudo.  Todos empezaron a gritar. ¡Mario, corre a primera, corre a primera!  Él nunca había corrido a primera base, pero todos le indicaron hacia dónde debía hacerlo.

Mientras  corría, un jugador del otro equipo  ya tenía  la bola en sus manos.  Podía lanzarla  dejándolo  afuera, pero entendió las intenciones del pitcher y  lanzó bien alto, lejos de  segunda base.  Todos gritaron: -¡Corre a segunda, corre a segunda base! 

Corrió y otros niños corrían a su lado y le daban ánimos a continuar, todos disfrutaban aquel espectáculo,  con mucha picardía.

Cuando Mario tocó la segunda base, el del otro equipo paró de correr hacia él, le mostró la tercera base y le gritó: -¡Corre a tercera!
Conforme corría a tercera, los niños de los dos equipos iban corriendo junto a él, gritando  a una sola voz: -¡Corre a home!

Mario corrió  y  paró justo en el plato de home, donde los dieciocho niños lo alzaron en hombros y lo hicieron sentirse un héroe: había hecho la gran carrera de la vida, había ganado el juego con su equipo”.

-Aquel día – dijo el padre, con los ojos inundados- esos niños demostraron  la perfección humana!

Luis Alberto Figueroa Pagés.

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