Literatura

Carta a la dama del espejo

Quiero decirle que la amo. Cada detalle de su cuerpo, cada centímetro de su rostro, cada cabello, lo acaricio como siempre ha querido usted, con la ternura que no ha encontrado en otras manos, con el amor que no han sido capaces de ofrecerle ninguno de sus antiguos amantes. Y aunque no puedo establecer un diálogo con usted, aunque no puedo tocarla sin percibir en mis manos el frío que me transmite esa barrera que nos separa, la amo.

Aunque la daño llevándola hacia decisiones incorrectas, hacia personas incorrectas, siempre he estado ahí cuando sus mejillas quedan empapadas por las mismas lágrimas que empapan las mías cuando aparece frente a mí hecha pedazos y con ganas de morir. La he visto llorar hasta desfallecer, y el simple hecho de no poder recogerla en mis brazos en el momento justo, es un martirio para mi pensamiento. La he visto reír hasta la locura, cuando la más mínima ilusión llega a su ser. Me he refugiado en sus ojos, en los que me he perdido en pequeños instantes, pues me miran como fiera y de repente la ternura los inunda, como inunda la mirada de un infante que aun no conoce maldad alguna.

Hoy en cambio le compré una rosa, roja como sé que le gustan y se la coloqué en una copa, al lado de la transparente trinchera que nos aparta, puse música de fondo, lenta para apartar los tormentos de su mente, me vestí para la ocasión y me situé como siempre frente a usted y como siempre ahí estaba, para mis ojos, deslumbrante. Lástima que nadie más se percató. Así estuvimos unos minutos sin decir palabra alguna, pues no quería arruinar el momento con un monólogo, después nos retiramos simultáneamente en direcciones diferentes hacia destinos similares, como todos los días.

Sé que eres perfecta, y tengo el don de poder ver en ti la inmensidad de los mares, la intensidad del viento, la calidez del amanecer, la claridad de la luna y la delicadeza de la rosa.

No necesito escucharte para comprenderte, tus palabras resuenan en mi interior, tus gritos ensordecen mis oídos y tus penurias condolecen mi alma.

Quisiera que nuestros gestos no dependieran los unos de los otros, que nos pudiéramos mover libremente para, como buena espectadora que soy, sentarme en un rincón a ver como te mueves libre como el viento, como danzas, como ríes, como seduces, para abrazarte cuando te derrumbas, escuchar tus penas, compartir tus alegrías, ser esa persona que necesitas y no encuentras. Entonces sé que no precisaríamos nada más para ser felices.

Pero no podemos ser independientes, tienes la condena de ser mi reflejo, mi yo, sin mí no existes, solo nos conocemos la una a la otra.

Tendré que seguir amándonos como quisiera que nos amaran, escribir lo que quisiera nos escribieran, y decirnos, lo que quiero escuchar de los labios de alguien más. Tendré que seguir apreciando nuestra belleza y nuestros valores en silencio y a escondidas. Tendré que consolar nuestros sollozos en esos momentos en que la soledad desaparece, cuando me sitúo frente al espejo para ver como sufrimos, como nos quebramos, como nos deshacemos, tratando de hallar en nuestro sufrimiento el motivo para detenerlo.

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rafix

Profesor

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