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El empate

Por Ana María Alvares León

Este, como todos los concursos, es fruto del aburrimiento – dijo el encargado,  con una sinceridad sepulcral. El micrófono amplificó sus palabras y los espectadores se acomodaron en los asientos.

Sin decir nada más, abrió una caja que guardaba tres revólveres. Ante la audiencia excitada mostró los cargadores preñados con solo un proyectil, mientras los hacía girar sin entusiasmo. Aquí tienen, – dijo, y señaló a los contrincantes – sólo uno por cabeza.

Se oyó un silbido de alerta, luego otro. Los contendientes prepararon las armas. Calló la multitud. Sonó nuevamente el silbato y un estruendo se confundió con los aplausos de la muchedumbre.

El encargado fruñó el entrecejo, y se trasladó con rapidez a la oficina del director, mientras la gente lazaba vivas y voces.

¿Qué sucede? – dijo este.

Señor – le respondió el encargado – tenemos un empate.

Muy bien, ha pasado otras veces. Retire al perdedor y continúe con los otros hasta que uno gane – dijo el director sin darle importancia al asunto.

Lo siento, señor – contestó el encargado disimulando su júbilo – pero eso no será posible: los tres han muerto.

 

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