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Viejos recuerdos

Por Yadiris Luis Fuentes, 3ro Periodismo

Despertó. Miró a su lado. No reconoció al hombre que dormía, pero tampoco le espanto verle. No quería saber quién era o por qué estaba allí.
Se levantó lentamente para no despertarlo. Fue hacia el baño. Miró al espejo. No le costó darse cuenta de que los años  y el tiempo son imperdonables, todo lo marchitan a su paso. Sus párpados estaban caídos. Unas horribles ojeras maquillaban su rostro, eran indicios de muchas malas noches donde no fue feliz, ni intento serlo. Sus labios quebrados ansiaban un beso, pero a quién pedírselo si a aquel hombre en la cama no le conocía.
Su cuerpo había perdido la alegría de otros tiempos. Ahora era menudo y triste. Debajo de la seda de su camisón, dos senos puntiagudos y pequeños le recordaban la desgracia de no tener senos en la pubertad y haberlos desarrollado muy tarde. Sus huesos largos ya carecían de la elasticidad que brinda la juventud. Las piernas, despobladas de vellos, le pesaban como dos bloques de cemento, cuadrados, feos y pesados bloques de cemento.
Sintió pena de sí misma, de las estrías de un vientre que nunca albergo a una criatura. Pena de la agonía de sus ojos pardos, de las canas que le auguraban la vejez cercana.
Apagó la luz. A tientas entró en la habitación. La silueta de aquel hombre se dibujaba entre las sabanas blancas. ¿Quién era?, se preguntó. No recordaba haberse acostado con él la noche anterior, es más su mente no vislumbraba nada del día anterior .Intentó no pensar mucho en ello. Saldría hacia el trabajo y al regresar él ya se habría ido, todo quedaría como si nunca hubiese estado allí.
Despacio dirigió sus pasos hacia el guardarropa. Buscó en la oscuridad algo que ponerse. Sus manos huesudas extrajeron un vestido gris, de esos ceñiditos, que le regalan al mundo una revisión anatómica de tus partes más intimas.
Se despojó de la ropa de dormir y se vistió. Dentro de aquel vestido no parecía tan vieja, pensó para auto complacerse. Estaba distinta, se podría decir que hasta sexy. Corrió al espejo del baño a mirarse de nuevo. Una sonrisa esbozó la felicidad de parecer más joven, una risa madura. Patas de gallinas y leves arrugas, la devolvieron a la realidad.  Entonces se alborotó un poco el cabello y ni siquiera osó maquillarse.
Salió a la calle. Debía llegar a tiempo al trabajo, pero aquellos insoportables tacones le hacían ampollas y el dolor casi le impedía caminar ¿Para qué se los habría puesto? Simple, le hacían juego con su sensual vestido gris. Así que a fuerza de constancia logró llegar a la redacción del diario donde trabajaba.
Entró directo a su escritorio, sin detenerse a saludar. Todos allí hacían lo mismo, absortos en su vida le negaban gratitud a los demás. Apresurada, tiro los tacones debajo del buró y sacó de una gaveta un par de chancletas, uf, al fin un poco de comodidad, se dijo a sí misma.
Las horas transcurrían vacías, sin nuevas noticias, ni grandes crónicas o comentarios. La ciudad parecía estar dormida. Ella tenía que trabajar en un reportaje, pero no tenía ganas de salir a caminar con aquellos tacones, la sola idea la mataba de angustia. Aún le dolían los pies.
Impasible, sobre la mesa de trabajo la observaba su foto de graduación, qué tiempos aquellos. En ese entonces todo se podía, los obstáculos hacían la vida más feliz, más entretenida. La cotidianidad era una fiesta, ahora solo retazos de buenos momentos.
Por aquellos tiempos conoció a Gerardo. El chico más feo de la academia de Periodismo. Unos años menor que ella, pero dispuesto a todo por conquistarla. Por ella fue capaz de humillarse frente a todo el mundo. Al mirarlo correr babeado detrás de ella por cada pasillo de la facultad, muchos decían-se puede ser feo, pero tan comemierda.
Él  era feliz dentro de aquella burbuja donde solo existían los dos y los caprichitos nada comunes de su adorado tormento. Qué no haría un feo por un par de nalgas como esas, le decía a sus amigos, cuando estos le reprochaban su ceguera de amante fiel o de perro fiel, llamando a las cosas por su nombre.
En verdad lo tenía bobo. La secundaba en cada locura que pasaba por su mente de universitaria rebelde. Ella adoraba ir en contra de todas las reglas, romperlas, demostrar que podía saltarse todas las normas y desafiar a quienes se interponían entre su persona y la gloria. Iba a ser la mejor periodista del país, o sea quería. Sus ojos se llenaron de lágrimas ¿A dónde habían ido a parar sus sueños donde todo era posible?
Gerardo, seguía inmóvil en su pensamiento. Dónde estaría hora. Lo recordaba triste, de mirada oscura, de rasgos imperfectos. Un día llegó a quererle y mucho, pero él se empecinaba en ser su sombra, en confesarle su amor tonto y sin fronteras. Después, ella se graduó. Salió a tragarse el mundo. Comprendió que el mundo en ocasiones puede tragarte. Él, por temor a perderla le propuso matrimonio, sin mas remedio le acepto sin titubeos.
Fue el único hombre que pudo amarla, porque para otros solo era una cara y un cuerpo, algo desechable. Además su locura habitual ahuyentaba a cuanto hombre se le acercaba con buenas intenciones. Nadie quería a una mujer que viviera en las nubes. Ese fue el gran merito de Gerardo, intentar vivir con una mujer que soñaba despierta.
La fotografía la miraba, se burlaba de ella, de sus anhelos rotos. Le recordaba que la juventud todo lo puede y que ser vieja era un castigo que no podría soportar su vanidad.
Llegó la hora de irse. Otro día perdido. Decidió salir sin tacones, las chancletas eran mucho más cómodas, a pesar de no tener nada que ver con su vestimenta.
La llave dio vueltas dentro de la cerradura. La puerta cedió al primer golpe. Entró. Allí, sentado en el sofá estaba el hombre. Pasó por su lado sin hablar. No quería saber quién era o por qué estaba allí. Él triste, desde su soledad, la  observaba.

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