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Crónicas

Escrito por mayelin

Ramón Mentira

Por: Susana Rodríguez Ortega

Tomado de Guerrillero

Mi padre, de niño, vivía en el pueblito campesino de Marcos Vázquez, en Las Ovas, a unos 25 kilómetros de la ciudad de Pinar del Río. Allí alzaron los abuelos su choza de tablas y guano, donde creció la pequeña familia. Una hilera de casas similares surgió de la noche a la mañana, pero eso fue por los cincuenta; hoy no queda nadie viviendo en aquel lugar.

En el campo, los muchachos aprendían a lidiar con la tierra. El agua dócil del río Paso Viejo les arrancaba el cansancio de los cuerpos, el sol de las espaldas. Y por la tarde, después de haber comido, se iban donde Ramón González a escuchar sus historias descabelladas.

— Sabíamos que lo de aquel viejo era mentira, pero parecía un poeta a la hora de inventar cosas. Para nosotros, sin electricidad ni más nada que hacer, oír a Ramón era una fiesta —evoca papá y ríe locamente cada vez que cuenta las entelequias de su vecino.

La gente le puso Ramón Mentira, pero nadie se atrevió nunca a decírselo a la cara; después de todo, fue un hombre serio. A veces mis tíos imitan su voz gutural, que parece venir del estómago más que de la garganta, como quien hace un esfuerzo doble por hablar; entonces creo ver al anciano sentado en su taburete, con el pantalón de color caqui, la camisa azul clara y el tabaco mojado entre los dedos:

Cierta vez tuve una perrita blanca, muy hambrienta, que desarrolló la mala maña de arrebatarme la comida de las manos. Me cansé pronto, porque no es bueno que los animales se tomen tantas licencias y me dije: “Yo te voy a agarrar a ti”.

Cogí un balín de acero y lo puse en la candela. Cuando estuvo al rojo vivo, lo eché dentro de un pedazo de pan. La inocente fue a quitarme mi bocado, como siempre, y lo tragó de un tirón.

Se me estrujó el pecho cuando la vi revolcándose en el piso, soltando su espumarajo por el hocico. Ya la creía muerta, pero levantó la cabeza y me dijo: ¡Me quemaste, Ramón!

Con la misma hizo así y se perdió. Pueden creer que a los dos años la perra regresó, se quedó mirándome y habló de nuevo: ¡Ramón, ya estoy curá!

Las personas se divertían mucho y eso le gustaba al cuentista, aunque permanecía imperturbable y quién sabe si terminaba creyéndose lo que él mismo describía. Isabel, su esposa, lo miraba con lástima y asentía, cuando los demás dudaban: –”Verdad hijitico, verdad”.

***

Isabel rondaba los cuarenta cuando conoció a Ramón. Santa como era, se echó a cuestas los muchachos del campesino, huérfanos de madre. Eso me cuenta Andrea, mientras se mece en su sillón trenzado con suizas:

—Isa quería mucho a papá porque le guataqueaba los patios como a ella le gustaba. Parecía un buey trabajando en la vega, cuando le daba la gana; pues si no le daba la gana, no trabajaba, pasaba el tiempo diciéndole mentira a la gente y así…

La hija no conserva un solo objeto del viejo en su casa de las Ovas. En vano se empeña escudriñando por los cajones a ver si encuentra algún retrato.

—Antes la gente no se fotografiaba mucho — dice una vez que retorna a su puesto en la salita pequeña, donde converso además con su sobrina Nancy y con mi padre.

— ¿Sabe algo?, yo crecí escuchando las historias de Ramón — le comento.

— ¡Ah, sí!, ¡esas mentiras son muy famosas!, pregúntale a Rusito. —Se refiere a papá, el Ruso, como le dicen desde hace tiempo, no sé si por lo de rubio o porque estudió tres años en la antigua Unión Soviética.

—Oye, Rusito, ¡pero qué grande está tu niña! —Andrea me estruja con el cariño de sus brazos anchos; entonces advierto su olor a ajos y humo de cocina.

—Quisiera saber dónde nació Ramón —le pregunto una vez que logro separarme.

—Por allá por Consolación, no sé cómo le dicen a esa finca, yo era muy chiquitica. Recuerdo que allí vivía un ricachón, que tenía un hijo estudiando en los Estados Unidos. El muchacho vino, casado con una americana, hicieron un festín muy grande y papá pudo robarse un poco de comida para nosotros, que estábamos pasando un hambre….

— ¡Alabao, muchacha, el más grande del mundo! —interviene Nancy, sentada en el puesto contiguo al de su tía. Es una joven delgada, lleva el pelo teñido de negro y recogido en una cola de caballo, finita. Habla mucho y rápido, con esa gracia inherente a la gente del campo.

—Luego el abuelo se mudó a Marcos Vásquez; ya los hijos estaban grandecitos. Allí echó raíces con Isabel y levantó su choza. Las gallinas dormían en los cuartos, junto con ellos, ¡qué gracioso!

— ¿Cómo recuerdas a Ramón, Nancy?

—”Blancuzo”, orejón, narizón y maldito a partirse. Se fajaba en una cuarta de tierra. Se fajó un día con Paulino, “Paulino cara de cochino”. A Baldomero Palacios, otro viejo, más viejo que él, le arrancó una tetilla.

— ¿Verdad? —Finjo cierto asombro, esta anécdota de la tetilla me parece un poco exagerada.

—Sí, niña, ¡qué problemático! Una vez le dijeron:

—Oye, Ramón, dinos una mentira.

—No, hoy no puedo, que a Luis Varela se le mató un toro y están regalando los trozos.

La noticia se regó y todo el mundo fue a buscar su pedazo de carne; había una pobreza tremenda y esa gente fue a reclamarle al abuelo:

—Ramón, ¿qué nos dijiste?, no había carne, no había nada.

— ¿Ustedes no querían una mentira…?

A Nancy le causa mucha gracia su propio relato y ríe alto, todos la imitamos hasta que ya no se distinguen las voces de unos y otros.

—Tú lo conociste bien, Rusito —Andrea rompe la algazara, pero las palabras le salen de la boca todavía mezcladas con la risa — ¡aquel hombre no fue fácil!

Papá asiente con la cabeza y rememora: —Antes no había corriente, solo radios de pila. Isabel y Ramón tenían una Beff nuevecita. Un día se nos rompió la de mi casa y les pedimos que nos dejaran escuchar con ellos Guaytavó. Enseguida Ramón comenzó a hacer señales a su mujer, ella cogió y la apagó. Le dijimos:

—Contra, Ramón, déjanos oírla.

—No, que cuando oye mucha gente se le acaban las pilas.

Pobrecito, era analfabeto, hasta firmaba con el dedo. Días antes de morirse, yo fui a verlo. Hizo que me enseñaran los zapatos que le traje de Rusia.

—¿Pa´ qué?, si papá nunca salió con ellos, siempre andaba descalzo — objeta Andrea.

—Para que vieran que ¡él sí cuidaba las cosas! —papá coloca la voz simulando el timbre áspero de Ramón.

—Cuidaba las cosas… —farfulle Nancy, con cierta ironía — ¡Tacaño que era! ¡Y cómo inventaba! Si hubiera estudiado un poquito hubiera sido tremendo escritor.

Hay un cuento de él que es lindísimo. Resulta que abuelo tenía una guinea jíbara que se le perdía todos los días

—Yo tengo que saber dónde puso el nido ese animalito —pensó.

La solución fue amarrarle la patica por la madrugada. La guinea salió temprano. Abuelo esperó un rato, para engañarla. Cuando se decidió a caminar, tuvo que dar cordel y cordel y cordel. Se iba una bola, se iba la otra. Siguió por horas el trayecto de aquel hilo, hasta que fatigado de tanto andar, sintió una voz que pregonaba: “Pan caliente en Marianao, pan caliente en Marianao”. Allá fueron a parar los dos.

***

Las tierras de Marcos Vázquez se llenaron de cítricos hacia finales de los años 70; los bohíos y sus pobladores se borraron del paisaje poco a poco. El Plan Cordón diseminó a los campesinos por las zonas electrificadas de Briones y Las Ovas. A Ramón le cambiaron sus paredes de tablas por un apartamento de concreto, y como ya no tenía piso de tierra, resolvió buscarse una lata de galletas para colar su escupitajo, negro de tanto mascar tabaco. Allí siguió contando sus ficciones, seguro, bajo el ala inmensa de Isabel, dueña de aquella frase: —Verdad, hijitico, verdad.

Yo tenía una yegüita guatrapeadora que le decían La Eléctrica, por ligera y porque corría mucho. ¿Tú te acuerdas vieja?, estos de aquí no han visto cosa más preciosa que aquella. Una vez se me rompió el radio y me fui hasta Puerta de Golpe a ver si le encontraban arreglo por allá.

Al regreso nos cogió una tempestad enorme. Fíjense si esa yegua guatrapeó duro, que se le mojó el anca… ¡y yo no me mojé!

Luego empecé a sentir un calorcito, justo en la oreja. El tabaco que traía aquí atrás se me encendió con las chispas que sacó La Eléctrica en la carretera.

En otra ocasión se me fue de rienda y no la pude aguantar. La muy condená corrió ese día y corrió al otro y al mes todavía yo estaba arriba de ella.

—Óigame, Ramón, ¿pero sin comer ni tomar agua?

—No, al pasar cerca de las casas les decía a los dueños: Eh, amigo, tírenme un boniato, tírenme una yuca.

— ¿Y el agua?

—Bueno, Paulino, cuando llovía abría la boca y así….

— ¿Y la yegua, Ramón?

—Como a los tres meses pasó por abajo de una mata de mangos. Me quedé guindao y ella siguió. No sé dónde habrá parado, porque no la vi más nunca.

***

La noche nos agarra a papá y a mí en la única calle de Las Ovas, donde vemos a los lugareños repetir de memoria los cuentos de Ramón, aprendidos de los mayores, distorsionados. Cada cual pone lo suyo, cambia a su antojo personajes, tramas.

Nuestro viaje termina en casa de Juanito López, que era apenas un niño cuando conoció a Ramón.

— Pero las cosas suyas las tengo claritas en mi mente — asevera este campesino pequeño, fornido, que mira un punto fijo entre las losas grises de su sala.

— ¿Cómo sé con certeza que fue Ramón, y no otro, el autor de los relatos? —pregunto

— Pienso que creó todas esas mentiras porque a quien yo se las oía, era a él, luego la gente lo imitaba. No por eso dejaba de ser serio para sus problemas, para sus negocios, para sus conversaciones.

Recuerdo que antes, cuando se acababan las zafras, no se sembraba nada en las tierras de tabaco. En ese tiempo criábamos carneros. Se juntaban como 100 carneros, qué se yo. Entonces el padre mío hacía un corral que se cambiaba frecuentemente para abonar los terrenos. Una tarde, los animales empezaron a comer en un dormideral detrás de la casa del viejo.

— ¿Dormideral?

—Eso es una yerbita que cuando uno la toca se duerme, pero tiene mucha espina. Los carneros estaban comiendo la hoja de dormidera y yo no tenía cómo sacarlos. Les daba vuelta así, por allá, por acá. Les gritaba y nada. En eso se asoma Ramón:

— ¿Qué te pasa, muchacho?

—Estos animales, que no quieren salir…

—Oye, niño, tú estás hecho con leche pedía. Ya verás ahora.

Estaba descalzo, nunca se ponía zapatos. Cogió por aquel dormideral como si nada. Tú sentías en el cuero las espinas que hacían “crach crach crach” y él detrás de los carneros, hasta que los sacó. Me dije: “Este ha de tener las pies desbarataos”, ¡pero ni las marcas! Claro, Ramón tenía experiencia, amaestraba bueyes, los ponía mansos.

— ¿Cómo es eso, Juan? — inquiero.

— ¿Tú te sabes el cuento de Fortaleza? ¿No? Ah, pues mira, él tenía un buey que echó a su lado 37 zafras, eso vienen siendo 37 años de trabajo. Fíjate si era bueno ese ser, que el día que se murió tuvieron que empujarlo pa´ que se cayera.

—A este no se lo comen las tiñosas —gritó su dueño a los cuatro vientos y lo enterró.

A los años pasó cerca de la tumba y le dio sentimiento:

— ¡Fortaleza, carajo! — dijo, y la tierra se estremeció.

¡Qué cosa tan grande, niña, la tierra se movió delante de sus ojos! —Juanito narra para mí con verdadero arte: sus manos, su cuerpo completo, se pierden en la liturgia de aproximarse, de ser fieles a la imagen del cuentero.

—Hoy tú ves a los Pánfilos por la televisión y te ríes, pero lo de Ramón era distinto. Cuando hablaba, todo lucía lindo. ¡Era un cómico, un cómico del campo!

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mayelin

Profesor

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