#HastaSiempreComandante Cuba

Mucho más que un gran día

Escrito por mayelin

Por Jorge Rodríguez Betancourt.

-¡Será un gran día!- Me dije cuando terminaba de alistarme para formar parte del mar verde olivo que reeditaría la gloriosa entrada de la Caravana de la Libertad a tierras pinareñas, aquel 17 de enero de 1959. El entusiasmo y el orgullo de los caravanistas cobran vida, cuando todo está dispuesto para emprender el recorrido.

Vamos, convencidos de que en esta ocasión, el revivir de la historia tiene una connotación diferente.

Por primera vez, no contamos con la presencia física del Comandante, pero Fidel va entre nosotros, viste también de verde olivo, y se multiplica con nuestras voces y las del pueblo.

El ¡yo soy Fidel! acompaña la travesía, y desde el más recóndito paraje se abalanza un pueblo a nuestro encuentro. Los campos se engalanan, se visten de fieles manos agitando los sombreros, de valientes piernas junto al surco, como guardianes de la obra del Comandante.

Me vienen a la memoria tantas imágenes; y es que la gloria vivida conquistó la inmensidad, imágenes como la de aquel combatiente uniformado que, colmado de medallas, desde el portal de la única casa que se observa en un desolado tramo de la carretera, acompañado solamente por su ímpetu y su fe en la Revolución, saluda la caravana.

Me viene a la memoria aquella anciana, que además de cautivarnos por la energía que le imprimió a su saludo, balanceando con premura sus brazos, prácticamente saltando, nos lanza un beso que se adhiere a nuestras almas y acompaña hoy mi bolígrafo.

Recuerdo un desfile de pañoletas que sonríen desbordadas de alegría; a jóvenes llenos de júbilo que hacen volar las banderas; recuerdo a los trabajadores, que mucho más que portar fotografías de nuestro eterno líder, llevan a Fidel en sus ojos, en su pecho.

Avanza la caravana y el pueblo se agiganta, esta vez las aceras están cubiertas de cuerpos, de corazones vibrantes, de firmes palabras. No existe balcón, parque, ni poblado que no hable, que no se integre a la efervescencia patriótica; a tener, una vez más, sentido del momento histórico, a formar parte del compromiso y la lealtad de los pinareños.

Va cayendo la tarde y se viven episodios difíciles, pero no deslumbran el empeño, como no deslumbraron a Fidel y sus compañeros aquel enero del 59.

El motor de uno de los tres camiones que nos transportaban cede en su accionar, el fuerte viento batalla porque las gorras no permanezcan con nosotros; pero nada es más fuerte que el poder del deseo infinito, el anhelo de llegar a la ciudad pinareña, de materializar con creces el ¡yo soy Fidel!, la convicción plena de que nada ni nadie detendrá la avanzada de historia y espíritu.

La noche aparece en la escena, entramos en la “Cenicienta” de Cuba, y como príncipes enamorados besamos sus esencias, reafirmando que es hoy una princesa. Luego dejamos una ofrenda floral en el Monumento dedicado al Capitán San Luis y continuamos la senda victoriosa.

Nos recibe una ciudad conmovida, llena de júbilo, de recuerdos, una ciudad que palpita; y, entonces, nos sentimos más Fidel que nunca; agito las manos, levanto mi bandera, y mi voz se alza con la fuerza de mi corazón, que sobrepasa considerablemente a esa, que le queda a mi garganta.

Las estrellas son testigos de la victoria del pueblo, la luna se torna espléndida; pero la verdadera luz no proviene del cielo, está en los cientos de pinareños que no quisieron perderse la llegada de la caravana, está en el entorno radiante de esperanza y compromiso, está en aquella señora envuelta en canas, envuelta en vida; que me acoge al bajarme del camión, me abraza, me besa y me dice: ¡gracias!, como si yo fuese Fidel. ¡Qué hermoso! Me dijo: ¡gracias!, como si yo fuese Fidel. Sí, en efecto, ¡yo soy Fidel!

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mayelin

Profesor

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