Por: Jorge Rodríguez Betancourt
Estudiante de la Carrera Ingeniería Geológica 5toAño
Facultad de Ciencias Técnicas Universidad de Pinar del Río.
De niño, decía piedras; las buscaba a la orilla del río, a veces retando la corriente que disminuía en la curva, o se hacía fuerte cuando llovía mucho. De pequeño, buscaba piedras, y me preguntaba el porqué eran tan diferentes, el motivo por el cual brillaban, se desboronaban entre mis manos, o se tornaban rojizas, como si hubiesen perdido su color original; esas casi siempre me las encontraba descubiertas, testigos de todo, víctimas del tiempo. De chiquillo solía buscar en el campo lo que no encontraba en la ciudad, me animaba la cascada bañando unos pedruscos enormes que parecían no romperse ni al golpe de un martillo; de muchacho me quedaba quieto contemplando las lomas con sus formas cubiertas de árboles. Y ahora, de grande, digo rocas; las encuentro en una cuenca, en el río cuyo caudal disminuye en el meandro y aumenta con las precipitaciones. Ahora estudio rocas, muchas portadoras de minerales que brillan, a veces con brillo vítreo, a veces con brillo opaco, y palpo otras deleznables, que se hace arena entre mis manos; y las veo rojizas, meteorizadas, presa fácil de agentes intemperistas: del Sol, el agua, las plantas. Ahora encuentro en el campo lo hermoso, lo natural, el pequeño salto de agua que baña unos pedernales enormes que afloran en el fondo del río y cuestan romperse al golpe de mi piqueta. Ahora subo montañas, ando la llanura y vivo inspirado por los mogotes, donde la vegetación cobra vida entre estratos de calizas. Entonces, recuerdo: de niño quería ser explorador, mas ahora, de grande, de grande, quiero ser geólogo.
