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Efemérides

Sergio Saíz y la memoria urgente

Escrito por dcom

Por: MSc. José Madera Medina, profesor de Historia y Comunicador Cultural del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad de Pinar del Río “Hermanos Saíz Montes de Oca”

La memoria es un acto de justicia poética. Hoy, cuando Sergio Enrique Saíz Montes de Oca cumpliría ochenta y seis años, lo evoco no como el mártir congelado en el bronce, sino como el muchacho de San Juan y Martínez que aprendió inglés de noche y discutía de política antes de los dieciséis.

Los hermanos Saíz Montes de Oca —Luis y Sergio— compartieron un destino tejido con los mismos hilos: la pasión por la palabra, el deslumbramiento ante José Martí, el descubrimiento precoz de que la injusticia debe combatirse con las ideas y, si es necesario, con la acción. Eran oradores natos, poetas de versos urgentes, adolescentes que en lugar de soñar solo con futuros personales, imaginaban uno colectivo.

Sergio, el menor, nació un enero de 1940 en la calle Libertad. Irónica metáfora para una vida que buscaría, precisamente, esa libertad a contracorriente. En el Instituto de Pinar del Río, sus profesores pronto notaron algo distinto: no era la rebeldía vanidosa del estudiante brillante, sino una claridad moral que lo llevaba a convertir el aula en tribuna. Viajó a Estados Unidos, olió el sueño americano y lo diseccionó con mirada crítica; ya entonces escribía glosas a Lenin y proyectaba cátedras martianas, como si supiera que el tiempo le sería avaro.

Su militancia en el Movimiento 26 de Julio no fue un accidente juvenil. Fue la consecuencia lógica de una conciencia que maduró más rápido que el cuerpo. A los diecisiete años, era responsable de Acción y Sabotaje en su pueblo. Conseguía dinamita con la seriedad con que otros preparan exámenes.

El 13 de agosto de 1957, mientras La Sierra hervía con la guerrilla de Fidel, ellos se aprestaban a celebrar su cumpleaños. La dictadura no celebraba. Los esperaban frente al cine de San Juan y Martínez. Allí cayeron, Sergio de diecisiete, Luis de diecinueve. “Cuerpos que yacen dormidos abrazados al cemento de una calle y una estrella”, había escrito Sergio, en un poema que fue su propia elegía.

El asesinato quiso silenciar dos voces. No lo logró. Las ideas, como bien sabemos, son fantasmas persistentes. Hoy, la Universidad de Pinar del Río lleva sus nombres no como un simple bautizo, sino como un recordatorio: que la valentía también se enseña en el ejemplo.

Sergio y Luis no son reliquias del pasado. Son esos jóvenes que, en cualquier aula donde se discuta un texto o se defienda un principio, vuelven a sentarse, a preguntar, a desafiar. La Patria, cuando es digna de su nombre, no recuerda a sus héroes con nostalgia, sino con una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con el futuro por el que ellos murieron?

En este enero del centenario de Fidel, evoco a Sergio. No al mártir, repito, sino al muchacho que creyó que las palabras podían cambiar el mundo. Y, en cierto modo, no se equivocó.

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