Por: MsC. José Madera Medina, Historiador y Comunicador Cultural del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad de Pinar del Río “Hermanos Saíz Montes de Oca”.
La historia sucede dos veces: primero como promesa, luego como memoria. Noviembre de 1956 condensó en sus últimos días esa duplicidad del tiempo. Mientras el yate Granma surcaba el Golfo de México cargado de 82 promesas de libertad, en Santiago de Cuba la memoria comenzaba a escribirse con sangre y pólvora.
La señal que desató la Historia
La orden llegó el 27 de noviembre a la casa de Arturo Duque de Estrada en forma de un sucinto telegrama cifrado: «Obra pedida agotada, Editorial Divulgación». Este mensaje en clave era la llave que abriría las puertas de la insurrección. Frank País, el joven maestro convertido en estratega de la libertad, había recibido la señal convenida.
La batalla por el tiempo
El 30 de noviembre amaneció con el sonido de los himnos entonados por voces jóvenes. Santiago se transformó en un tablero de ajedrez viviente. A la hora convenida, la ciudad estalló en sincopados de violencia heroica. Pepito Tey lideraba el asalto frontal a la Estación de Policía con 41 hombres, mientras Otto Parellada atacaba por la retaguardia. Otro grupo de 19 combatientes tomaba la Policía Marítima. En la ferretería Dolores, un comando asaltaba la armería.
El factor sorpresa, esa frágil mariposa estratégica, murió con el primer disparo de un guardia. Lo que siguió fue una batalla desigual donde el coraje suplió la desventaja numérica. Los cócteles Molotov iluminaron la desproporción del combate. Cuando el humo se disipó, tres nombres quedaron grabados en el mármol de la historia: José «Pepito» Tey, Otto Parellada y Tony Alomá.
El pueblo: testigo y cómplice
Frank País, en el testimonio que escribiría para el periódico Revolución, capturó el verdadero milagro de aquel día: «La población entera de Santiago, enardecida y aliada de los revolucionarios, cooperó unánimemente con nosotros. Cuidaba a los heridos, escondía a los hombres armados, guardaba las armas y los uniformes de los perseguidos… Era hermoso el espectáculo de un pueblo cooperando con toda valentía».
Mientras tanto, en el mar, Fidel Castro recibía las noticias con angustia contenida. «Quisiera tener la capacidad de volar», confesó. La sincronía perfecta entre el alzamiento y el desembarco se había roto, pero no así la determinación.
El eco en Occidente: Pinar del Río escribe su propia leyenda
Mientras Santiago ardía, en el extremo occidental de la isla se desarrollaba un episodio menos conocido pero igualmente significativo. En Pinar del Río, más de 50 combatientes del Movimiento 26 de Julio, liderados por Roberto Amarán Mamposo, se alzaron en armas. Su misión: servir de señuelo, crear la ilusión de que el desembarco podría producirse por la región más occidental, distrayendo así a las fuerzas de la tiranía.
Treinta de estos valientes fueron capturados y juzgados, escribiendo con su sacrificio una página silenciosa pero esencial en la historia de aquel día. Fue la jugada estratégica en el flanco opuesto, el movimiento que demostró que la Revolución no tenía un solo escenario, sino que era el pulso simultáneo de un pueblo.
El veredicto de la historia
Años después, Fidel Castro analizaría con lúcida precisión aquel desfase temporal: «Cuando se produce el desembarco precedido por el levantamiento del 30 de noviembre, al no producirse la coincidencia —y ese era uno de los riesgos de tratar de seguir una táctica de coincidencia exacta— nos retrasamos dos días y, en consecuencia, se produce el levantamiento dos días antes… De modo que no se logró la fórmula más feliz en esa coordinación».
Pero la historia, caprichosa, a veces prefiere los finales imperfectos que dan origen a leyendas mayores. Aquel 30 de noviembre, aunque táctícamente no cumplió su objetivo, políticamente marcó el renacer de la insurrección. Santiago, al vestirse de verde olivo, había tejido el uniforme del futuro Ejército Rebelde.
Hoy, al recordar aquella jornada, no evocamos un simple hecho histórico. Recordamos el día en que una ciudad decidió ser protagonista de su destino, el día en que el porvenir, aunque llegó con retraso, ya se paseaba por las calles de Santiago vestido de esperanza.
