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"La universidad tiene que estar donde está el pueblo"

Escrito por dcom

En medio de las complejas circunstancias que enfrenta el país, la Universidad de Pinar del Río «Hermanos Saíz Montes de Oca» ha debido reorganizar su proceso de formación para el segundo período del curso 2025-2026. La modalidad semipresencial se ha convertido en la vía para garantizar la continuidad de estudios de miles de jóvenes. ¿Cómo lo están logrando? Conversamos con Reinaldo Meléndez Ruiz, decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, quien nos detalla los retos, las soluciones y el espíritu que mueve a su claustro en estos tiempos.

Ante la situación actual de limitaciones de combustible y recursos, ¿cómo ha sido la respuesta de los estudiantes de la FCSH a esta nueva modalidad semipresencial? ¿Qué mecanismos se han implementado para atender a quienes no pueden asistir presencialmente?

La Universidad implementó una estrategia de descentralización que permite una atención formativa desde los municipios. En nuestra facultad, esto ha implicado repensar la organización, tomando como experiencias precedentes la COVID-19 y los sistemas meteorológicos extremos.

La respuesta de los estudiantes ha sido de madurez y compromiso. Nuestros jóvenes han comprendido que estas medidas responden a un contexto socioeconómico complejo. Tuvimos comunicación con todos los directores de los CUM, y han manifestado un elevado deseo de contribuir a que el proceso se cumpla. A cada director se le entregaron listados de estudiantes por carrera, su dirección, teléfono y la bibliografía básica.

Sin embargo, tenemos estudiantes con dificultades objetivas: madres solteras, jóvenes que trabajan, o los que viven en zonas intrincadas. Para ellos diseñamos un sistema de atención personalizada: tutores municipales que fungen como enlace; guías de estudio personalizadas; horarios de consultas virtuales por WhatsApp; y entrega de materiales digitales livianos o impresos. Además, fortalecimos el movimiento de alumnos ayudantes para el acompañamiento entre pares. Establecimos un sistema de seguimiento nominal para identificar estudiantes en riesgo y actuar preventivamente.

La respuesta positiva de la mayoría nos ha permitido enfocar los recursos en quienes más lo necesitan. Hoy nuestra facultad sigue formando profesionales comprometidos con el desarrollo social de Pinar del Río, con la convicción de que la universidad tiene que estar donde está el pueblo.

En carreras como Trabajo Social, Derecho o Gestión Sociocultural, el vínculo humano es esencial. ¿Cómo han fortalecido al claustro para enfrentar los retos de la semipresencialidad sin perder esa esencia?

En estas carreras, el vínculo humano no es un aditamento: es la esencia. Por eso, cuando la semipresencialidad se impuso como necesidad, nuestro desafío fue fundamentalmente pedagógico y humano. Carreras como Derecho y Gestión Sociocultural ya tenían buenas prácticas por su modalidad a distancia.

Hemos fortalecido el trabajo metodológico, desarrollamos un programa de preparación en estrategias de comunicación educativa, diseño de guías de autoaprendizaje y metodologías participativas. Se potenció el rol de los colectivos de años, que se reúnen semanalmente para articular contenidos y hacer seguimiento integral. También incorporamos profesores de la sede central a los CUM.

Reforzamos la función tutorial: cada profesor tiene un grupo reducido de estudiantes para acompañamiento más allá de lo académico, incluyendo atención a situaciones personales. Y con creatividad, usando WhatsApp, materiales para móviles y videollamadas, nuestros profesores han mostrado una creatividad extraordinaria. Han entendido que la semipresencialidad es una oportunidad para repensar cómo enseñamos y cómo nos relacionamos. El ejemplo del profesor que se entrega, que acompaña y que no abandona, es la mejor lección.

Los materiales y guias de estudio han debido adaptarse a las realidades de cada municipio.

¿Cómo se ha realizado esa contextualización?

Es un principio fundamental: no podemos formar profesionales con materiales descontextualizados. La descentralización nos ha brindado la oportunidad de hacer que nuestros materiales dialoguen con cada territorio.

Partimos de un núcleo duro de contenidos comunes, pero alrededor creamos espacios de flexibilidad. Implementamos una metodología de elaboración en tres fases: primero, un taller central donde definimos los objetivos esenciales; segundo, las guías viajan a los municipios, donde profesores y estudiantes las enriquecen con ejemplos locales, estudios de caso y ejercicios prácticos vinculados a la realidad municipal; tercero, retroalimentación y sistematización para enriquecer los materiales futuros.

Además, diversificamos formatos: guías digitales livianas para WhatsApp, versiones impresas para quienes no tienen acceso digital, y audios explicativos grabados por los profesores. La evaluación también se contextualiza: los trabajos de curso responden a problemáticas del municipio del estudiante, y en los exámenes presenciales se incluyen preguntas que aplican los conocimientos a su realidad territorial. Hoy nuestros materiales son vivos, se construyen colectivamente y reflejan la diversidad de nuestra provincia.

La brecha digital es una realidad. ¿Cómo han gestionado la falta de dispositivos, conectividad o habilidades digitales para que ningún estudiante quede excluido?

En nuestra facultad tenemos la convicción de que la equidad educativa no puede depender del dispositivo que se tenga. Por eso, diseñamos una estrategia que parte del diagnóstico fino.

Realizamos un censo tecnológico que identificó quiénes tienen acceso a teléfonos inteligentes (la mayoría, con limitaciones), quiénes a computadoras, y quiénes no tienen ningún dispositivo. Para estos últimos, establecimos convenios con Joven Club de Computación, bibliotecas, escuelas y otras instituciones para que accedan a computadoras e internet en horarios priorizados.

Para los que tienen conectividad limitada, optimizamos materiales livianos, usamos audios de WhatsApp que pueden descargar una vez y escuchar varias veces, coordinamos horarios de conectividad, y creamos «paquetes educativos» que se pueden compartir por memoria flash. Para quienes tienen pocas habilidades digitales, organizamos acompañamiento entre pares y elaboramos guías visuales sencillas.

Lo que hemos aprendido es que garantizar la inclusión no es principalmente un problema tecnológico, sino de voluntad institucional y compromiso humano. Cuando un profesor graba un audio con su propio teléfono, cuando los estudiantes comparten recursos y conocimientos, ahí está la verdadera garantía de que nadie quede excluido. La brecha digital se resuelve con una red de relaciones humanas que sostiene a cada estudiante y le dice: «tú importas, no te vamos a dejar atrás».

En cuanto a las tareas de impacto que se realizan los jueves, ¿cómo se articulan con los perfiles profesionales de carreras como Derecho, Gestión Sociocultural, Trabajo Social y Ciencias de la Información? ¿Se integran al sistema evaluativo?

Esta pregunta me permite abordar un aspecto esencial: la vinculación de la universidad con la sociedad. En nuestras carreras, esa vinculación es parte de la esencia misma. Por eso, las tareas de impacto han sido concebidas no como una carga adicional, sino como una oportunidad única de formación práctica integrada al currículo.

El primer cambio fue conceptual: no hablamos de «tareas de impacto» como actividades desvinculadas, sino como escenarios reales de práctica preprofesional. Cada tarea es una oportunidad para que los estudiantes apliquen conocimientos en contextos reales.

Hemos establecido un proceso de planificación que integra tres niveles: primero, la identificación de necesidades desde los territorios (gobiernos municipales, instituciones, comunidades); segundo, el análisis desde los colectivos de carrera para determinar qué asignaturas y habilidades se pueden movilizar; tercero, el diseño de la actividad con objetivos de aprendizaje claros.

Por ejemplo, estudiantes de Trabajo Social realizan diagnósticos comunitarios; los de Derecho asesoran en trámites legales a pobladores; los de Gestión Sociocultural apoyan en la organización de eventos culturales; los de Ciencias de la Información ayudan a organizar archivos municipales.

Estas actividades se evalúan como parte de asignaturas como Trabajo Social Comunitario, Práctica Preprofesional o talleres integradores. Los estudiantes presentan informes, portafolios o reflexiones que son evaluados por sus profesores.

Además, los jueves se han convertido en un espacio de encuentro interdisciplinario, donde estudiantes de distintas carreras trabajan juntos en un mismo territorio, aprendiendo a colaborar. Lejos de ser una carga, muchos estudiantes nos dicen que es lo que más les motiva, porque ven el impacto real de lo que estudian. Así, las tareas de impacto fortalecen la formación práctica y el compromiso social de nuestros futuros profesionales.

¿Qué mensaje le enviaría a la comunidad universitaria en estos momentos?

Que la universidad cubana, y en particular la nuestra, está hecha de la misma materia que su pueblo: de resiliencia, de creatividad y de amor por lo que hacemos. Enfrentamos dificultades, pero cada obstáculo ha sido una oportunidad para demostrar de qué estamos hechos. Nuestros estudiantes, nuestros profesores, nuestros trabajadores, todos, estamos dando lo mejor de nosotros para que la formación de calidad no se detenga.

Sigamos adelante, con la certeza de que juntos podemos transformar cualquier realidad. Como decimos en la facultad: las ciencias sociales y las humanidades son, más que nunca, necesarias para entender y transformar este mundo. Y aquí estamos, formando a los profesionales que Pinar del Río y Cuba necesitan.

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