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La mala educación puede matar

Escrito por dcom

Por: Yeilén Delgado Calvo

La Organización Mundial de la Salud, que al principio no abogaba por el uso de las mascarillas higiénicas (no médicas) entre la población general, afirma en recientes recomendaciones sobre el tema que, en entornos donde existe un contacto estrecho, estas cumplen las funciones de proteger a personas sanas, y la posible disminución del riesgo de exposición a individuos infectados antes de que se presenten síntomas.

Aunque aún mi hija no tiene edad para entender, trato, desde ya, de explicarle cuáles son las buenas costumbres, sobre todo para adaptarme a no dejar resquicios en su formación. Por mi propia infancia sé que es en esa etapa donde se siembran los mejores comportamientos y valores.
«Saludar es de buena educación, dar las gracias es de buena educación, pedir permiso es de buena educación…», lo aprendí para siempre, y lo más importante es que esas enseñanzas me prepararon para decidir en mi vida adulta, ante nuevas situaciones, qué está bien y qué no.
Quizá por eso me afecta tanto cuando, obligada a salir de casa para las atenciones médicas de mi nuevo embarazo, armada de turbante para el pelo, mascarilla, gel de manos… y mucha precaución, debo coincidir con personas que, además de no respetar la distancia, usan el nasobuco con la nariz por fuera, en el cuello o hasta en el bolsillo.
Considero sus actitudes una agresión hacia mí y hacia todos los que nos cuidamos con celo, porque esos compatriotas parecen ir por la vida diciendo: «bah, me tiene sin cuida ‘o», mientras ignoran que no solo se ponen en riesgo ellos, sino a todos los que tengamos la desdicha de coincidir en el mismo espacio físico.
Una publicación se hizo muy popular en las redes sociales durante días recientes al preguntar a los usuarios que consideran incómodo usar nasobuco, cómo se sentirían intubados y boca abajo en una Unidad de Cuidados Intensivos. Basta pensarlo para entender que ni el agobiante calor es excusa.
Causa asombro que en un país tan golpeado por la pandemia, como España, una manifestación haya convocado a miles de ciudadanos para protestar contra las mascarillas, la vacuna y las medidas de aislamiento. Pocas jornadas después los medios reportaban personas que asistieron y ya entonces estaban contagiadas con la COVID-19, o la adquirieron allí.
Es esa también una advertencia de que la irracionalidad humana y la desinformación, en la era de la posverdad, pueden ser muy peligrosas.
La Organización Mundial de la Salud, que al principio no abogaba por el uso de las mascarillas higiénicas (no médicas) entre la población general, afirma en recientes recomendaciones sobre el tema que, en entornos donde existe un contacto estrecho, estas cumplen las funciones de proteger a personas sanas, y la posible disminución del riesgo de exposición a individuos infectados antes de que se presenten síntomas.
Advierte también la OMS que recurrir a las mascarillas de tela contribuye a reducir los costos, el despilfarro, y a lograr la sostenibilidad.
Aunque sin higiene de las manos y distanciamiento físico no se frena el contagio, usar correctamente y con todas las precauciones el nasobuco, nosotros y los demás, puede reducir significativamente las posibilidades de que el virus se ponga en contacto con las mucosas.
Usarlo obligatoriamente en todo espacio público o en sitios con concentración de personas, en dependencia de la fase en que se encuentre el territorio en que residamos, no solo denota conciencia y una decisión informada, sino también la buena educación de preocuparnos por la salud del otro, de superar egoísmos e ingenuidades.

Tomado de Granma

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